
El año pasado, precisamente en julio, tuve la suerte de conocer Grecia. Iba a volar directo a una de las tantas bellas islas que tiene, pero no, antes tengo que pasar por Atenas, me dije. Estuve largo tiempo planeando lo que fue mi viaje por Europa, y no imaginé en un principio que iba a pasar por ahí, quizás ya era demasiado perfecto todo, pero se dio y allí estuve finalmente. Sólo un día igual, no logré arreglar para más, pero con dar una vuelta por la ciudad e ir a Acrópolis me bastaba.
Hacia Atenas volé desde París, mi ciudad favorita, que me despidió con una fuerte y pegajosa lluvia. No veía la hora de llegar al calor griego y treparme hasta el Partenón. Sin embargo al aterrizar me llevé una no grata sorpresa: la crisis estaba haciendo estragos en la población. Sin exagerar, de 17 ciudades que visité, Atenas me pareció la más peligrosa. Sacando la burbuja llena de turistas de Acrópolis, la ciudad es un verdadero caos. Desde otros viajeros que te aconsejan tener mucho cuidado y no andar sola de noche, hasta gente a las trompadas en el subte y otros inyectándose cosas en plena vereda céntrica a las 4 de la tarde. De todo un poco.
Fue difícil dar una vuelta por la ciudad cuando me encontré con tantas cosas en pocas horas. Los noticieros mostraban disturbios en la plaza principal donde estaban instalados los indignados, y a medida que fue abriendo paso la noche, no hizo falta pensar mucho para decidir que lo mejor era quedarse en el hostel.
Realmente me dio mucha pena ver a un pueblo tan rico culturalmente, sumido en esa situación extrema. Y claro, despidos, recortes, desaceleración de la economía, aumento de la edad jubilatoria, congelamiento de salarios y gobiernos inestables. Ante esa situación no se puede esperar un clima de tranquilidad. Y menos aun con un pueblo luchador como el griego, que no se queda de brazos cruzados, como sí lo hacen muchos otros, mientras los hunden día a día.
Hoy en día saber qué va a pasar con Grecia es una incógnita. Todos los severos ajustes parece que no apagan el fuego, porque luego se viene otro ajuste, y otro, y otro… Qué fuerte es sentarse a pensar que en el siglo XXI haya un retroceso tan grande como en este caso. Pasar de ser un país sin muchos problemas, no de primer mundo ni mucho menos, pero sí estable, y con esa riqueza cultural-histórica, paisajes paradisíacos y el turismo que eso conlleva, a sufrir recortes en salarios, educación, salud y más.
Sí, a veces unos pocos deciden por todos nosotros. Y peor aún, unos pocos extranjeros nos dicen qué y cómo hacer las cosas, como si desde arriba nos apuntaran con un dedo y nosotros, cabizbajos, acatáramos órdenes sin tener derecho a nada. ¡Y todo esto en el siglo XXI!
Desde este espacio, y ante la profunda admiración que siento por la fuerza del pueblo griego, sólo deseo que no bajen los brazos, nunca.





